
Mi amigo Lamine, de una aldea de pescadores de Senegal, lo explica mejor que nadie. Él me lo enseñó y yo os lo cuento.
En su pueblo viven sin nada. Nada es nada. Son 2500 personas, el poblado está sobre una maravillosa playa –en Le Palmerai, 150km al sur de Dakar- .
Las mujeres compran media patata, media batata, un trocito de calabaza, unos gramos de salsa de tomate concentrado en una bolsita de plástico (o sea: no una latita, sino un poco del contenido de una latita) y, con eso, hacen la comida para 6 ó 7 miembros de una familia.
Hay 255 alumnos y alumnas en unas casuchas que son la escuela primaria. 4 cursos, desde los 5 años hasta los 14. El director, que gana 200 euros al mes, me ha pedido que les envíe un ordenador… “con la globalización -me dice- lo más importante es que los niñ@s conozcan Internet y las redes de información”.
Lamine nos ha contado que, con esas mismas barcas-piraguas con las que pescan, muchos de sus amigos se han ido a Europa, sobre todo a España e Italia. Él prefiere quedarse en su pueblo y hacer cosas por su gente -asegura- pero necesita luchar contra todo: su propia cultura, la estructura social de su comunidad, la burocracia, la necesidad acuciante de su familia (20 miembros de los cuales, sólo traen dinero a casa, 3).
Si Lamine pudiera ahorrar -tan sólo 3000 euros-, con lo listísimo que es, podría construir, en el terreno que compró hace un par de años, una casa de huéspedes para que el turismo de la zona en vez de pagar precios astronómicos por hoteles -de capital y beneficio extranjeros- para europeos, pudiera alojarse en una verdadera casa senegalesa, consumir productos de la tierra en vez de productos importados y dar una – ¡aunque sea sólo una!- posibilidad a Lamine y a sus colegas artistas, sastres o músicos que hemos conocido aquí…
Pero Lamine jamás podrá ahorrar por que su familia necesita todos los días mucho más de lo que Lamine gana. Y, así, el círculo maléfico de la pobreza acaba atrapándolos a todos, incluso a los más inteligentes y fuertes, a los que tienen ideas, rabia de siglos y empuje.
Hablé con Lamine de la explotación a la que, la mayor parte de las veces, son sometidos los inmigrantes sin papeles en Europa… Afirmé la dignidad que él y sus jóvenes hermanas -que también pelean- transmiten, alabé sus proyectos y sus sueños; le dije que su energía y su compromiso por mejorar la vida de su gente me parecía impresionante, inteligente y admirable.
Lamine, vivo y orgulloso, con las mismas ganas -o más- de comerse el mundo de las que tienen nuestros hijos e hijas, clavó sus ojos tiernos y al mismo tiempo inyectados de la ira de los excluídos y me dijo:
“ Quand on a faim, chère Elena, on s’en fou de la dignité. Il n’y a aucune dignité quand tes enfants ont faim et le lendemain te fait peur”. (Cuando uno tiene hambre, querida Elena, te la sopla la dignidad. No hay ninguna dignidad cuando tus hijos tienen hambre y te da miedo el día siguiente.)
PD: Este post está dedicado a aquellos ediles de Vic que, en algún momento, pensaron restar aún más derechos a los amigos de Lamine.