Desde el máximo respeto a la decisión del pueblo irlandés, la Unión Europea debe seguir impulsando las ratificaciones al Tratado de Lisboa con la misma energía que ha demostrado España a lo largo de este proceso.
Europa necesita más que nunca un impulso de democracia, de modernización y de eficacia. Y el Tratado de Lisboa es el mejor instrumento posible para lograrlo. No hay mucho tiempo ya para la introspección y la endogamia, para los debates sobre identidades y reparto de poderes. Es la hora de la política y del compromiso de Europa con los ineludibles desafíos de este siglo. Ninguno de los grandes problemas que afronta la humanidad va a esperar al resultado de nuestro ensimismamiento. El pasado mes de diciembre, los jefes de Estado y de Gobierno de los 27 países de la UE firmaron el Tratado de Lisboa, resultado de un largo proceso de discusiones y de un cuidadoso juego de equilibrios y excepciones; una titánica tarea de consenso. A día de hoy, 18 países, que representan aproximadamente a 300 millones de ciudadanos y ciudadanas han ratificado el nuevo Tratado. España se apresta a hacerlo en las próximas semanas. Y por eso, Irlanda no puede detener a la mayoría de los que queremos poner a punto el motor europeo para no perder la oportunidad de estar en el grupo de cabeza del tablero internacional.
Corresponde, sin duda, a los irlandeses analizar las razones de este no, seguramente, heterogéneo, incluso basado en motivos que se contradicen entre sí. Los partidos políticos irlandeses que, con la única excepción del minoritario Sinn Fein, habían apostado por el sí al Tratado, deberán revisar muy a fondo su falta de conexión con el electorado y todos debemos colaborar en la tarea de reconstruir la confianza de la ciudadanía en las instituciones.
Escucharemos atentamente a nuestros socios irlandeses, que son los que deben proponer una solución, pero el proceso no debe desinflarse y, mucho menos, detenerse si de verdad queremos defender y fortalecer el espacio común que mejor combina el desarrollo económico y la cohesión social de todo el mundo.
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Supone o debiera suponer una anécdota sin excesiva importancia. Unos cuantos votantes irlandeses, por motivos locales, no pueden interferir nada. Esta es la regla básica de la democracia. Europa no puede ser una mezcla de mini-nacionalismos, modernos o decimonónicos, con derecho a veto, eso es absurdo.
Lamentablemente hoy “un fantasma recorre Europa…el fantasma del neoliberalismo”.
¿Qué es el tratado de Lisboa?
Tal vez sea por la nueva directiva que permite ampliar la jornada a 60 horas. Por la directiva Bolkestein que se sigue intentando aprobar. Por la sentencia que permite contratar trabajadores en Suecia con los derechos laborales de Letonia. Porque cuando no nos gusta el resultado de un referendum intentamos que lo ratifiquen los parlamentos directamente. …