Dicen que una divinidad muy antigua se enamoró de un baobab precioso que, por aquél entonces, era un árbol de fisonomía muy distinta a la actual (desgraciadamente, no se ha descubierto ninguna pintura ni descripción, en la tradición oral, que lo confirme). Aquel baobab, objeto de la pasión de una diosa poderosa, nunca correspondió a ese amor. La verdad era que su corazón de árbol africano pertenecía a la bella reina de las jirafas que, con sus labios carnosos, todos los rojos amaneceres y en el crepúsculo, le acariciaba las ramas cuando desayunaba sus frutos.
La diosa, despechada y furiosa, quiso castigar al orgulloso baobab por no quererla y le condenó a vivir boca abajo. Enterró sus ramas en la tierra de la sabana para que las jirafas no pudieran acariciarle nunca más y dejó sus raíces al aire, apuntando al sol para que se secara.
Pero, como tantas veces, la fuerza de la vida y el empeño del amor pudieron con el castigo divino. El baobab sobrevivió y fue desarrollando una figura increíble, distinta a todo lo conocido en las grandes planicies africanas.
Sus ramas-raíces consiguen aprovechar hasta la última gota de humedad de la época de lluvias y la conservan, durante meses, hasta la llegada del calor seco. Su corteza, única, dura y gomosa, sus frutos y hojas dan alimento y agua a los seres humanos y a los animales. Alrededor del baobab lleno de vericuetos, escaleritas de ramas y agujeros, juegan y se esconden lagartos, pájaros, ratones y hienas, niños y niñas. En su gran copa duermen los buitres y por sus venas corren las termitas antes de construir sus casas chimenea -muchas veces adosadas al tronco del propio árbol-. Bajo su sombra se aman los adolescentes y se entierra a los muertos. Dicen que la pócima que se extrae de la pulpa de su fruta es el mejor remedio para los males del intestino, tan frecuentes en los bebés, y les ayuda a sobrevivir frente a la amenaza de muerte infantil, insoportable, en África.
El baobab es África. Es la vida posible. Es la victoria de la fuerza y la determinación contra la injusticia y la escasez.
Bien plantado y orgulloso, bello hasta la emoción, valiente, firme y acogedor, el baobad es como África, como su gente.
Quienes quisieron trasladarlo a Europa o a América, fracasaron. Como el continente, el baobab se queda donde está, para continuar defendiendo dignamente su destino y, sobre todo, para poder seguir disfrutado de los labios carnosos de la reina de las jirafas, durante los amaneceres rojos.



Es un poema al mas extraño y fascinante de los arboles. Vuelves Elena a recordarme al Principito. Es curiosa esta asociacion que tengo contigo y con el Principito, por que si en esta ocasión la asociación es obvia, B 652 recuerdas,? en otras ocasiones al leerte también la sensación flota en el aire. Deduzco que me pareces tan idealista y entusiasta como ÉL. Recuerdos y besos siempre
gracias, Sol! Leí “el Princípito” muy pronto. En el Liceo Francés se lee ese libro varias veces a lo largo de la escolaridad, con edades distintas y, siempre, se aprende algo de él… ojalá me haya contagiado un poco de la historia y del personaje.
besos para tí.
Mucho antes de conocer África, a través de Saint-Exupéry, conocimos el baobab. Ya el nombre era evocador y mágico. Mucho después al ver por primera vez un baobab, me parecía mentira poder, por fin, respirar África. De Tarangire a Madagascar (toda una “avenida” de baobas), pasando por la bellísima finca de otra Elena en el norte de Sudáfrica, donde esta osada madrileña inició un sueño,”Old Day Safaris”, cuyo emblema era, cómo no, un baobab, siempre ha representado para mí, el orgullo y la fortaleza de un continente mágico. Gracias a esta otra Elena por dedicarle unas líneas. Besos, Paloma