Al estar la casa levantada al borde de una profunda hondonada inundada de pinos, cuando me siento en el pequeño triángulo volado que apunta al mar, me sitúo a la altura de las copas de los árboles e incluso por encima de muchas de ellas.

Como yo lo veo desde mi proa en la tierra, es así: una alfombra de copas de pinos que llegan hasta el mar. No veo playa, sólo pinos y mar, mucho mar al fondo. Cuando me siento en mi esquinita volada (igual que la punta de proa de un gran trasatlántico), antes de llegar al mar, surco el mar de pinos. Y, desde esa posición, puedo observar de forma tan privilegiada el ir y venir de los pájaros. Porque los contemplo por encima de su vuelo, están varios metros por debajo de mi línea visual, así que los observo revolotear, elegir una u otra rama, perseguirse en el aire -siempre creo que ellas van delante y ellos las siguen, salvo cuando son pájaros pequeñitos que llevan detrás a sus madres-… son los dueños del bosque de copas de pinos hasta que, al llegar al mar, ceden espacio a las gaviotas –tan bellas volando y tan poco agraciadas cuando están posadas en tierra, ¿verdad?-.
El sol hace que el mar me deslumbre, circunstancia que es aprovechada por los pinos para exagerar sus múltiples verdes. Mañana empieza febrero y, tras un invierno que ha sido duro en el Mediterráneo, la naturaleza parece como agazapada, silenciosa, preparándose en secreto para estallar… ¡Si ya nos conocemos!

Entiendo perfectamente “ese estado de extásis” que te alimenta la vista, la esquinita en la que te refugias.
A mi me envuelven Pinos centenarios, altos altos como deseos inalcanzables, pero yo los veo desde abajo, mi sitio que alimenta mi estado de extásis es un jardín del siglo XVIII y a esos pinos he dedicado muchas horas, perdón no es justo transmitirlo así, es más certero decir que la belleza de esos pinos me han dedicado muchas horas ayudando con su majestuosidad serena a mis meditaciones. Son fieros en sus puas, si, pero…! es una pose!, sus ramas siempre verdes acogen a un sin fín de aves y animalillos de todo tamaño y condición, he disfrutado con mirlos, jilgueros, ruiseñores, cárabos, buhos y la estrella de este paraíso: UNA GRACIL Y VIVARACHA ARDILLITA…que vá y viene como la estrella fugaz que es, lo que no evita (su instantaneidad inesperada) que me cautive, me movilize y me haga estar atenta.
Elena: agazapada, silenciosa?
!PREPARANDOTE EN SECRETO PARA ESTALLAR…!si ya nos conocemos!
Qué bonita atalaya, Elena. Suerte la tuya.
Saludos.
Jo!! Yo tambien quiero estar en Altea!! Q bonito mami!! mua