
Era mudo por sordo y tenía los ojos más grandes, verdes y bonitos de todo el Mediterráneo. No tuvo oportunidad de educarse salvo en la playa, las cañas, el río y el mar… y algún contrabandista de hachís al que alojaba de vez en cuando que le contaba historias de Marruecos, mientras fumaban bajo la parra.
Seguramente, por ser sordo, podía vivir rodeado, o mejor dicho envuelto en millares de gaviotas.
Veréis: su casa es una cabaña situada en la misma playa, de las que se construyeron para guardar los aperos de la mar, muy pequeña pero con ventana, parra como porche y la orilla blanca como cuarto de estar. Justo tras el muro principal de la casita, se encuentra una enorme roca que la protege del viento y de la vista desde el camino. Es un sitio solitario aunque está cerca de todo. Tal vez por eso o porque Pardalet las alimenta y cuida cuando están heridas o enfermas, por allí paran, pasan, viven y duermen todas las gaviotas de la bahía. Incluso, dicen que Pardalet no compra pescado porque ellas se lo traen fresco todas las mañanas.
Nadie sabe de dónde vino Pardalet. Parece que un marinero lo dejó una madrugada en la playa cuando el chaval no tenía más de 6 años. Las mujeres del pueblo le dieron pan y cariño pero él nunca salió de aquella playa.
A veces, ayudaba con las hamacas del hotel 5 estrellas que abrieron hace unos años muy cerca de la casita o limpiaba con arena las paellas del restaurante de verano, siempre con las gaviotas revoloteando a su alrededor. Ellas gritan y gimotean pero él no las oye. Sólo ve su vuelo y sus juegos en el cielo o sobre el mar. Disfruta de ellas. Y ellas le devuelven su ternura.
Este verano Pardalet se enamoró de un joven moreno y flaco que alquilaba pedalós al lado del hotel. Juntos nadaron por las tardes y una mañana les vi, desde el barco, pedalear juntos en el mar, rodeados de una inmensa nube de gaviotas.
En Navidad, mientras buscaba maderas en la orilla, me encontré con Pardalet y le ví triste, sin su sonrisa de siempre.
Ayer, la Guardia Civil encontró a Pardalet muerto, bajo la parra de su casita y a las gaviotas ordenadas en fila, dentro del mar, mirando a tierra.
En la casita todo estaba en orden, limpio y luminoso como era él.
El forense no ha encontrado ninguna explicación a esa muerte pero Pardalet no tenía sus ojos. Sus impresionantes, bellos y bondadosos ojos se los había regalado a las gaviotas porque siempre fueron de ellas… salvo este verano cuando amó y luego intentó olvidar al chaval moreno y flaco de los pedalós.