
En la casa de mis abuelos maternos, aquí, en Altea, está guardada toda mi infancia. Albatalía tiene, dentro de su casa y en su jardín, todos mis cumpleaños -desde el primero- y mis primeras palabras, mis primeros amores y el descubrimiento del mediterráneo y aprender a nadar… el jazmín, los jarrones de flores de la abuela, las naranjas comidas a chupetones, las aventuras de los 5, de los 7 y de Torres de Mallory, las partidas de tenis, las siestas eternas y los desayunos haciendo los p… deberes de mates, año tras año (¡no sirvieron de nada!).
La casa, preciosa, fue construida en el año 56 y su terreno va de la carretera nacional hasta el mar. La bajada desde la entrada es una cuesta de piedrecitas flanqueada por adelfas blancas y rosas (acaban siendo todas rosas por que las blancas se mimetizan o algo así). Al final de esa cuesta se suben unas escaleras anchas, también de piedra, que desembocan en el clásico gran porche fresquito, con sus arcos de medio punto orientado a poniente – ideal para pasar las mañanas del verano y las tardes de invierno-.
Allí desayunábamos y hacíamos deberes -cahiers de vacances- mientras “los mayores” iban a la compra, organizaban el día, leían los periódicos, etc. Antes de bajar a la playa -siempre a las 12h- esperábamos al cartero. Entre las 11h y las 11.30h, con puntualidad no-mediterránea, el cartero descendía la cuesta en su moto. Abría su bolsón de cuero y sacaba un buen taquito de cartas (éramos muchos: abuelo y abuela, mis padres, las empleadas de la casa, nosotras tres…) que, como locas, Paloma y yo corríamos a recoger.
¡A veces había hasta 15 cartas! Novios, amigas, correspondencia comercial, familiares de todos, etc. Algunas de esas cartas eran sólo de compromiso pero otras…! ¿Os acordáis bien de la emoción de abrir una carta que, realmente, deseabas? Ver, antes que nada, si era larga o corta, elegir el momento de leerla y releerla, buscar entre las letras -que reconocías en el sobre, anticipando la ilusión- el adjetivo que habías imaginado, el sentimiento que intuías o pretendías… Después, volver a guardarla en su sobre y recrear lo leído. En alguna ocasión, aguantaba sin abrirlas hasta la hora de la siesta para estar sola, y así me daba la impresión de estar más cerca de “mi escritor” -del momento-.
Yo también escribía mucho. El verano existía porque lo contábamos en las cartas y daba tiempo a todo. Con la distancia y el tiempo, los amores iban creciendo en las letras aunque se cruzaran otros, menos “platónicos”, en la playa o en la verbena. Al escribir de amor, te enamoras más.
Abrir el correo electrónico, no es lo mismo. No se reconoce la letra en el sobre, ni la tinta especial que él elegía para escribirme. Tampoco hay, en los textos de word, tachones llenos de sentido.
El cartero hacía sonar la bocina de su vespa al bajar desde la carretera y cuando se marchaba. A los lados del camino, las adelfas explotaban de flores rosas y blancas. Hoy, al salir de casa, he visto que nuestros adelfos, plantados este año, han florecido (son todos de flores blancas…). Y, por eso, me he acordado de cuando llegaban las cartas durante los días de aquellos veranos larguísimos. Cada verano, cada carta, cada emoción de entonces sirve para estos ratos de ahora, pegada al ordenador, escribiendo sin tachones.