Mubarak debe dejar ya su poder autocrático. De nada ha servido, en lo últimos años, la tímida presión de los EEUU y de la Unión Europea.
Sólo la durísima violencia policial, habitual en Egipto, podrá detener el gigantesco movimiento ciudadano que reclama pan y libertad… y será sólo por un tiempo por que han perdido el miedo y se han contagiado del valiente impulso de la juventud tunecina.
Egipto no es Túnez. Lo de Egipto es mucho más difícil. Ochenta millones y muchos de ellos analfabetos. Un país decisivo para la estabilidad en la región, muro de contención de Irán y del radicalismo islamista… Pero con una sociedad que tiene el mismo derecho que las nuestras a reclamar progreso y oxígeno vital.
Es indignante escuchar, estos días, cómo algunos analistas le ponen pegas a la democracia “que serían capaces de construir” los egipcios… Es, en el fondo, un pensamiento clasista y totalitario: “solo los países con amplias clases medias, informadas y educadas -a la occidental- y dónde no exista el riesgo de penetración de los islamistas, tienen derecho a elegir su camino” -parecen decir-.
Estamos más cerca de lo que pasa en Túnez, porque se nos parece más… sencillamente.
Hay mucha gente cansada de pasar hambre y penurias mientras conviven con la corrupción de los poderosos. Mucha otra conoce, por la información global, lo que significa ser libres. Y quieren. La combinación de esas dos voluntades compartidas por millones de personas, la mayoría muy jóvenes, se convierte en una fuerza imparable.
Esa fuerza debe ser acompañada por la Unión Europea. No podremos volver a mirarnos al espejo si seguimos usando la diplomacia blanda. A estas alturas, me temo que se está convirtiendo en diplomacia hipócrita.
Los jóvenes de El Cairo, Alejandría, Asuán… no van a regresar a sus casas y a un futuro sin expectativas. Y ello debería ser un motivo suficiente para el compromiso europeo.
Ya llegamos tarde ¡Pero lleguemos! Antes de convertirnos en los defensores de la lamentable receta de la resignación que ya no convence a la juventud del Magreb, ni a la del Valle del Nilo.
La llama que achicharra los cuerpos de los mártires por el pan y por la libertad, se extiende mucho más deprisa y con mayor fuerza que los cálculos interesados de la realpolitik.